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Señales de tránsito ¿qué tienen que ver con la educación de los hijos?

Foto del escritor: Luciana Inés Mazzei
Luciana Inés Mazzei
21 oct 2025
3 min de lectura

Uno de los temas más consultados por los padres a la hora de pedir orientación sobre crianza tiene que ver con la imposibilidad o dificultad para establecer límites a los hijos, en las diferentes etapas. Desde niñitos de 3 años que se niegan a bañarse hasta adolescentes que no cumplen con los horarios acordados para las salidas, a los padres se les presentan todo un cotillón de situaciones en donde, establecer límites claros, sin desatar la ira de los dioses del olimpo, parece imposible.

Hay quienes dicen no querer hacerlos o verlos sufrir; otros que, como padres, no logran acuerdos sobre qué es lo mejor para cada hijo; algunos lloran frente al “sos el peor/la peor/”. La mayoría llega con sensación de agotamiento y frustración, sintiendo que realmente son los peores y sus hijos los van a odiar para toda la vida.

Desde la Terapia Vincular Familiar, se propone la idea de simetría en los hijos como la causa que dificulta esta posibilidad de educar. Según esta teoría, los niños de esta época nacen sintiéndose simétricos con los padres, esto significa que en su inconsciente, padres e hijos están en un mismo nivel de autoridad, por lo tanto, los padres no tendrían derecho a decirles qué hacer o que no hacer, porque ellos son adultos (en su inconsciente).

Sobra aclarar que esto no es así. Papá y mamá sí deben mantener un vínculo de simetría para tomar las decisiones familiares más acertadas, pero con los hijos esta relación es de complementariedad. Los padres dan o hacen por los hijos lo que a estos les falta por ser pequeños e inmaduros en muchos aspectos.

Llegados a este punto, los padres comprenden lo que ocurre, pero les cuesta asumir este rol por miedo a perder el amor de los hijos y porque el agotamiento los lleva a deponer las armas con tal de conseguir un poco de paz en el hogar. Lo cierto es que bajar los brazos no es la solución y los berrinches o exigencias se vuelven cada vez más exagerados y extravagantes.

El límite es el mayor acto de amor que podemos tener con nuestros hijos. Y en este punto me gusta comparar los limites en casa con las señales de tránsito, así logran comprender mejor el objetivo de ser autoridad sin ser autoritario.

Las señales de tránsito nos ayudan a conducir seguros. Una señal de contramano indica que no puedo seguir avanzando, usar el cinturón de seguridad cuida mi vida frente a un choque, las líneas en la ruta me dicen donde termina mi carril, y así. Sin estas señales, cuando conducimos, nos sentiríamos inseguros y miedosos, temerosos de cruzarnos de carril por error o producir un choque frontal por doblar en la mano contraria a la indicada. Estas señales sirven para cuidar mi vida y mi seguridad, como también las de los demás.

Del mismo modo, en la familia, los limites y las reglas de convivencia, a los hijos les dan seguridad y tranquilidad, saben donde empieza y termina el carril por donde pueden circular, cuando una acción puede ser peligrosa y cuando es necesario hacer lo que se les pide porque es lo mejor para ellos. Esta seguridad los hace sentirse amados, cuidados y respetados.

De no hacerlo, crecen con la sensación de estar solos y a la deriva. Sin un sostén donde sentirse a salvo, no sólo de los peligros externos, sino de su propia inmadurez y desregulación.

Poner límites no tiene nada que ver con retarlos por todo, ni con ser autoritarios donde “acá se hace lo que yo digo porque soy el padre/la madre”. Sino que tiene que ver con enseñar lo que está bien y lo que está mal, con amor y respeto, mostrando los beneficios de cuando se hacen las cosas bien (estudiar para una prueba y aprobar) y las consecuencias que tiene hacer las cosas mal (jugar hasta tarde y querer hacer la tarea cuando es hora de irse a dormir). No se trata de poner penitencias o gritar para liberar el enojo, sino de mostrar que nuestros actos “siempre” tienen consecuencias y está en nosotros elegir si serán buenas o malas.

Educar en estos tiempos no es tarea fácil. Las necesidades económicas hacen que las horas de trabajo se extiendan más de lo necesario, las exigencias sociales hacen que los niños desde muy pequeños tengan muchas actividades, en ocasiones las familias de origen están lejos y a los padres les falta ayuda. Pero no es imposible. El amor es lo que mueve a los padres a querer lo mejor para sus hijos y es ese amor el que debe guiar a la hora de educar con ternura y firmeza.

 
 
 

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