Infancia como antesala de una personalidad sana y equilibrada


Hace años se pensaba que, cuando el niño nace, era una tabula rasa en la que padres y educadores podían escribir para lograr el desarrollo pleno de la persona. Ahora sabemos que, desde la concepción, lo que ocurre le ocurre a la madre, durante el embarazo ya comienza a configurar los lineamientos de la personalidad de ese ser en formación.
Por otro lado, sabemos que la personalidad es una combinación del temperamento, todas aquellas características propias e individuales, y del carácter, los aspectos externos que pueden ser educables. Es decir, la personalidad es una combinación de factores internos y externos que van configurando la personalidad.
En este sentido, el niño nace y, mediante la interacción con el medio en el que vive, va configurando su personalidad, desde la concepción hasta la muerte. Y, si bien esta configuración es cambiante e influida durante toda la vida, es la infancia la etapa clave para el desarrollo de una personalidad sana y equilibrada, capaz de interactuar con la sociedad en forma óptima, dando lo mejor de sí en cada situación.
Por lo tanto, el desarrollo de la personalidad es un proceso continuo, acumulativo, direccional, diferenciado, organizado e integral.
Las características del temperamento pueden ser educadas para lograr desarrollar la mejor versión de la persona, pero no son modificables por el entorno o la sola voluntad. En cambio, el carácter va a depender de las características del ambiente en el que la persona crece. La persona a lo largo de su vida, vive experiencias que facilitan o entorpecen el desarrollo de la personalidad sana.
Los factores de riesgo o protección que estén presentes en el medio durante la infancia, serán condicionantes para que este niño logre una socialización adecuada, encuentre el sentido de su vida y trabaje para cumplir sus metas. Serán condiciones favorables o desfavorables para el desarrollo de habilidades cognitivas, psíquicas y físicas. Los niveles intelectual y emocional, y la capacidad de trascendencia dependerán de que estos factores ambientales sean más o menos favorecedores de este desarrollo, del autoconocimiento y de la autoestima. Los apoyos que el niño reciba del ambiente serán claves para su proceso de crecimiento integral.
Debemos recordar que todo lo que el niño ve, vive y oye, influye en el desarrollo de su personalidad. Por lo tanto, no sólo la familia impacta en ello sino también la sociedad, la cultura, la escuela, el grupo de amigos y los distintos ámbitos con los que se vincula el niño y su familia. Si en estos ámbitos se siente aceptado, validado y amado, se va a sentir una persona valiosa y va a crecer con una sana autoestima.
Dentro del hogar es importante generar un clima cálido, exigente de acuerdo a la edad y las capacidades de cada uno, coherente, estimulante y favorecedor. Que existan hábitos y rutinas claras, donde primen el respeto por las diferencias, no haya violencia y existan límites claros, aunque no rígidos.
Un estilo parental que acepte las diferencias personales, y que promueva el desarrollo de la responsabilidad, la autonomía, el respeto, el diálogo, la reflexión, la participación y la comprensión. Requisitos básicos para lograr una persona con autocontrol y disciplina.
La mirada amorosa de los padres promueve en el niño una autoimagen positiva, evitando personalidades autoexigentes y desvalorizadas, que conocen sus habilidades y trabajan para mejorar en sus limitaciones. También el autoconcepto se ve beneficiado por esta mirada bondadosa que acepta a cada uno tal cual es, pero es capaz de corregir en su justa medida.
Autoconcepto y autoimagen si son positivos van a influir positivamente en la autoestima, logrando así una personalidad equilibrada, capaz de dar de sí lo mejor y trabajar para superar las dificultades.
De todo esto se desprende que, los principales factores de protección en el desarrollo de la personalidad en la infancia son:
entornos familiares contenedores que generen lazos de confianza y seguridad.
pautas educativas familiares que establezcan normas de conducta claras, coherentes y contenedoras.
roles claros, posicionamiento desde el lugar de adulto/a, con autoridad y sin autoritarismo.
implicación y dedicación de los padres en la vida de sus hijos/as: compartir espacios de juego, manifestar interés por las actividades que realizan y por los vínculos sociales que construyen.
atención, escucha e involucramiento con las situaciones, necesidades propias de cada etapa.
Aunque la vida moderna, las modas, estilos de educación que no favorecen los límites, dificultan poner en práctica estas acciones, siempre son los padres los encargados de decidir qué es lo mejor para sus hijos. La familia está llamada a ser el ámbito de cuidado y crecimiento por excelencia y por lo tanto debe involucrarse y adaptarse a las necesidades de cada miembro, reflexionando sobre el camino que se quiere recorrer en la educación de los hijos y promoviendo los ajustes necesarios cuando haga falta. Y, si en algún caso es difícil para los padres lograrlo, siempre pueden recurrir a profesionales que los orienten y puedan tomar las mejores decisiones.




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